Ya es muy común en nuestros tiempos que los miembros de una organización grande sientan aversión por lo altos mandos, incluso llegan a tal grado de expresar su odio. Me cuentan mis padres que en el pasado, los jefes eran personas admiradas por su esfuerzo para llegar al puesto en el que están, por sus conocimientos y por el trato que tenían hacia sus empleados. Pero eso ha cambiado. Por eso hoy quiero mencionar algunos puntos, basados en mi experiencia en empresas y trabajando por mi cuenta en un coworking space, qué hacen que odiemos a nuestros jefes y los cuales, en su mayoría, son aspectos que ellos mismo deben cambiar. Otros pocos corren por cuenta nuestra y el que se me ocurre en este instante son los celos, ya que queremos estar en ese puesto pero no lo conseguimos, por lo que despreciamos todo lo que haga nuestro superior, sea bueno o malo, todo nos generará odio y debemos cambiar esa mentalidad.

Comencemos diciendo que muchos de los jefes de ahora dejaron de ser líderes. Al estar en un puesto alto sienten que están por encima de todos y que todos deben trabajar para ellos, por lo que sólo se dedican a dar órdenes y esperar resultados, cuando lo ideal sería que demuestren con el ejemplo lo que se debe hacer, enseñarle a los que están a su cargo, para que en un futuro estén preparados para tomar su puesto, si es que quieren crecer y no quedarse en el mismo lugar. Porque sucede que cuando llegan a un puesto de jefe, creen que es su límite y se conforman, lo que llega a generar sentimientos de poder que no son nada sanos y se desquitan con los que los rodean.

Otro aspecto que nos hace odiar a nuestros jefes es cuando sabemos que ellos consiguieron el puesto porque tienen contactos dentro de la empresa o, peor aún, familiares, quienes fueron ellos los que les consiguieron un alto puesto sin empezar desde abajo como todos los demás. No siempre que un familiar recibe un puesto alto significa que no sabe, pues tuve la experiencia de que el dueño de una empresa donde trabajé por un par de años le negó un puesto gerencial a su propio hijo, incluso le dijo que se fuera a trabajar a otras empresas, que aprendiera y cuando se sintiera listo volviera. Trabajó en grandes corporativos, llegando a ser CEO y fue cuando decidió volver a tomar las riendas de su legado. Así sí se ganan nuestro respeto, pero si sólo fue por dedazo, nunca lo van a respetar hasta que demuestre lo contrario.

Por último, los jefes que sólo se dedican a regañar por los errores o las fallas que cada uno de sus empleados tiene serán de los más odiados, sobre todo porque son aquellos que creen que si las cosas salen bien es normal y no se dan tiempo para felicitar a sus empleados, quienes son generalmente los que hacen las cosas bien, pero es el jefe el que se lleva las palmas, según porque es él quien los guía, cuando no siempre es así. Una palmadita en la espalda, un reconocimiento por su albor o darle las gracias cuando haga algo bien, significa mucho para los empleados.

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