Hay decisiones en la vida que nos hacen crecer, aunque este aprendizaje venga acompañado de una temporada de sufrimiento y golpes que te podrían hacer pensar que tomaste la decisión equivocada o que te precipitaste. Así me sucedió cuando elegí dejar la casa de mis padres e irme a vivir solo y lidiar yo mismo con mis problemas. La emoción se transformó en frustración en los primeros meses.

Después de terminar la Universidad y trabajar un par de años, era hora de que buscara mi propio hogar, así que fui a una venta de departamentos en la Condesa para ver si alguien estaba interesado en rentarme alguno, ya que era una zona que me interesaba ya que me quedaba muy cerca de donde laboraba y no muy retirado de mi familia, a la que no quería dejar de frecuentar. Así que conseguí uno a buen precio pero que me dejaba con poco margen de maniobra para solventar los gastos, pero confiaba en una buena administración que me sacaría adelante.

El primer punto negativo fue que la casa no estaba completamente amueblada, sólo habían dejado una sala y una estufa, así como los clósets de las dos recámaras. Sabía que el resto me lo iba a llevar de casa de mis padres, el único gasto fuerte que hice fue en comprar un refrigerador, el cual saqué a meses sin intereses en una tienda departamental. Me dolió endeudarme pero sabía que era una decisión con la que iba a ahorrar en comprar comidas constantemente. El siguiente gasto fue el flete, que aunque no fue demasiado, tus ingresos se van viendo disminuidos, sobre todo después de que tuve que pagar por adelantado dos meses.

La felicidad de ser independiente y la emoción de afrontar esta nueva aventura disminuyeron en cuanto llegaron los primeros cobros de los servicios, más mis deudas personales en tarjetas departamentales y bancarias, más las compras del súper, las cuales ya debía repetir pues me estaba quedando sin suficientes raciones para mis comidas y otros objetos necesarios. No me atrevía a llamarle a mis padres para pedirles prestado. La decisión de salirme también era para que ellos ya no tuvieran que invertir en mí. Así que había que racionar bien cada cosa que comprara, incluso había días en los que prefería saltarme el desayuno o la cena para guardar más porciones para lo que restara del mes.

Estaba haciendo muchos sacrificios. A veces salía de fiesta pero al día siguiente me arrepentía por todo lo que había gastado, y me limitaba aún más. Recuerdo que alguna vez desayuné y comí sopa Maruchán, las tripas me rugían como leones hambrientos, pero algún sacrificio tenía que hacer para no atrasarme en los pagos de los servicios.

Con el tiempo aprendí a administrarme, a comprar lo necesarios y conforme bajaban mis cuentas pude hacer mi vida más normal, sin necesidad de privarme de nada, saliendo con mis amigos y compañeros del trabajo. Pero he de mencionar con los primeros meses fueron un calvario y estuve muy cerca de rendirme y volver con la cabeza agachada a casa de mis padres.

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