No recuerdo muchas experiencias de mi niñez, pero hay una que me marcó de por vida y, lamentablemente, no es nada buena. Cuando tenía unos siete años acompañé a mi madre a un mercado que está cerca de la casa, como lo había hecho infinidad de veces. Pero esa vez fue diferente, pues mi mamá decidió que era tiempo de que comenzar a soltarme la correa, así que me pidió que fuera a comprar pollo. Creí que me sabía de memoria el mercado o que, al menos, lo conocía, pero solo y con mucha gente a tu alrededor gritando y empujándose, todo se transforma y deja de ser el lugar que conocías bajo el amparo de tu progenitora.

Fui recorriendo los pasillos, evitando chocar con las personas y evadiendo a los vendedores que iban cargando grandes cajas sobre sus diablitos, escuchaba los gritos que venían de los puestos y de la gente pidiendo un kilo de manzana, dos de zanahoria y una bolsita de verduras cortadas. Volteaba a todos lados, ya asustado, pues creía que estaba perdido. Ya no lograba ubicar el pasillo del señor de los pollos, ni siquiera podía ubicar dónde estaba y en qué pasillo había dejado a mi mamá. Ese sentimiento de no saber qué hacer, de sentirte en peligro y de no querer que nadie te ayude por temor a que te fuera a robar es una sensación que no quiero volver a experimentar.

Pasaron alrededor de 15 minutos cuando decidí sentarme bajo el mostrador de un puesto, con el dinero del pollo en la mano y las rodillas entre los brazos, como formando un ovillo. Las lágrimas me escurrían a cántaros y el sentimiento se apoderó de mí, comencé a aspirar aire, como cuando estás trabado. Había gente que se me quedaba viendo pero seguía su camino, otras que me preguntaban si estaba bien, pero yo me negaba a responderles y ocultaba mi rostro, así que volvían a sus cosas. De pronto, una voz familiar se me acercó y me dijo: ¿Qué haces ahí, no te dije que fueras a comprar el pollo? Era mi mamá, quien me había encontrado y no parecía preocuparle que yo estuviera en un mar de lágrimas, pero para mí fue una heroína que vino en mi rescate, así que corrí a abrazarla y ella me recibió entre sus brazos, después de alejó un poco y me metió un buen zape. Resulta que ya estaba cerca de la pollería, sólo me falta un pasillo más, pero me ganó la desesperación.

Les cuento esta historia porque ahora me da risa y sé que me enseñó a prestar atención a cada lugar que voy, para que no me volviera a pasar. Además me ayudó a que cada que salgo con mis hijos, los dejo guiarme a través de los mercados o en el súper, para que ellos puedan reconocer su entorno. Además no quiero ser como las personas que compran sus artículos en aplicaciones o visitan la mercería online con tal de que sus hijos no se pierdan en los lugares concurridos.

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