Aún dudo si fue un sueño o si fue realidad, no logro recordar si lo que sentía era en este mundo o sólo fue producto de mi cabeza, de mis pensamientos, pero el miedo era tan real, podía sentir cada gota de sudor en mi frente, los escalofríos me provocaban temblores fuertes, todo indicaba que estaba despierto y viviendo el momento que considero más espeluznante de mi infancia.

Tenía unos 10 años cuando me fui de vacaciones a la casa de un primo que es tres años mayor que yo, cuando me iba a su casa era para quedarme todo un fin de semana o una semana completa de mis vacaciones. Era con el que mejor me llevaba y además tenía videojuegos que en ese entonces yo no, así que nos divertíamos mucho con su Mario Party de Nintendo 64. Pero fue la noche del sábado cuando la alegría se convirtió en miedo, desde esa ocasión decidí no volver a quedarme en su casa, pese a que en reiteradas ocasiones me insistió en volver. Yo le explicaba que no era por su culpa ni la de alguien en especial, simplemente que ya no me sentí a gusto quedándome tanto tiempo en su hogar. Jamás le dije lo que había pasado, por miedo a que creyera que estaba loco.

La noche del sábado que les mencioné me fui a dormir como a las 11, yo me quedaba en el cuarto de mi primo y él en la sala, ya que su cama era muy pequeña. La oscuridad ya había cubierto la casa en su totalidad, es de esos hogares en los que la luz de la luna entra a cuentagotas y como ya todos estaban durmiendo, no nos atrevíamos a prender las luces para que no nos regañaran por desvelarnos. Me metí en la cama, me tape y cuando me persigne como lo hacía siempre antes de caer en los brazos de Morfeo empezó el terror. Acababa de terminar de hacer la cruz cuando los autos de control remoto que tenía mi primo comenzaron a moverse sobre los pisos laminados de su habitación, pero los controles estaban sin pilas y en el escritorio, yo los estaba viendo. No había forma de que fuera una broma.

Los vehículos se comenzaron a mover con mayor fuerza, de un lado para otro y los peluches que tenía en una repisa se cayeron sobre mí, como si hubiera habido un temblor de gran magnitud. No podía gritar, no porque no quisiera, sino porque no me salía. Me tapé con las sábanas por completo, cubriendo cuerpo y cabeza y fue en ese instante cuando escuché un susurro que me dijo: “Te vigilamos”. Después todo volvió a la normalidad. Fueron cinco minutos o menos eternos, pero que hicieron que el corazón se me quisiera salir. Agradezco que esa fue la última noche que pasé ahí, pues el domingo a mediodía me llevaron a mi casa, donde llegué con el corazón en la mano y rezando para que esa cosa no me haya seguido. Lo cual no ocurrió, fue un hecho de una sola vez, lo que me hace dudar si fue sueño o realidad.

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