Hay veces que la vida te pone enfrente de situaciones que se podrían catalogar como un milagro, donde sientes que el corazón se acelera, que quiere salirse de su sitio y al final, con un gran suspiro, todo vuelve a la normalidad. Esto me sucedió cuando salí de vacaciones, decidí irme en auto, en la carretera había un tráiler seguido por un par de autos y cuando uno de estos decidió realizar una movida de rebase como si fuera la Fórmula Uno, la tragedia y el milagro ocurrieron.

El destino tiene un humor bastante negro, pues escuchaba a mi artista favorito David Bowie, cuando comenzó a sonar la canción ‘Always crashing in the same car’. La inconfundible voz del camaleónico artista británico, que en paz descanse, comenzó a cantar y cuando nos deleitaba con ‘I was always looking left and right, oh, but I’m always crashing in the same car’ vi como un fleje de acero inoxidable que sostenía la carga del camión se rompió, salió volando y se estrelló en el vidrio del vehículo que iba justo detrás de él, mientras el tercero en la fila decidió rebasar a ambos y ser el protagonista de este suceso.

El automóvil que hizo la maniobra de rebase vio como una pila de varillas se dirigían a aplastarlo, como si fueran kamikazes lanzándose de la parte trasera del tráiler para terminar con su trabajo, ponerle fin a su objetivo. Algunas cayeron en equipo aplastando el carro, otras sufrieron con el movimiento y se incrustaron por las ventanas, atravesando todo lo que les pasó por enfrente y formando un ángulo de 90 grados con las otras varillas que sólo cayeron. Pisé el frenó con tanta fuerza que pude haberlo roto o trabado, David Bowie mientras repetía ‘Oh, but I’m always crashing in the same car’.

Todos se detuvieron, provocamos tráfico pero de inmediato algunos conductores se bajaron de sus vehículos para auxiliar a quien había quedado atrapado en las varillas. Por mi mente pasaron imágenes de una persona atravesada por el acero o aplastada, con todo sus órganos de fuera. Los dos minutos que pudieron haber pasado se me hicieron como diez o quince. Escuchaba los murmullos de la gente a lo lejos, otros gritaban pidiendo alguna herramienta que no reconocía, mujeres lloraban y de pronto, el milagro ocurrió.

Un hombre jaló algo de dentro del carro que quedó entre varillas, era el conductor, quien tenía sangre en el rostro y sus ropas quedaron manchadas, pero nada más le había pasado. Como si un manto sagrado lo hubiera protegido. Cuando quitaron las varillas de encima del auto, éste quedó destrozado, era imposible que alguien saliera ileso, pero el hombre lo consiguió. Después me enteraría que al salir el hombre dijo: “Gracias a Dios que mi hija no quiso venir, gracias, gracias, gracias mi Dios”.

El corazón me volvió a latir con normalidad, esa fue la primera vez que recé sin estar en una iglesia y por un extraño, le agradecí a Dios por haberme puesto en el camino de un milagro. Jamás lo olvidaré. Bien dicen que cuando no te toca, ni aunque te pongas…

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