Hace unos días fui a un museo de historia mundial donde había un apartado  de buen tamaño para cada periodo histórico de la historia de la humanidad, una exposición verdaderamente interesante que valió mucho la pena, además que por fortuna habían muchas personas presentes, algo muy positivo en estos tiempos de sequía histórica.

El salón más lleno de toda la exhibición fue, como  es de esperar,  el salón de la época medieval, donde estaba expuesto todo aquello que conformaba la vida en aquel periodo de tiempo, desde el modo de vivienda, hasta la estructura social y por supuesto enfatizando en lo más importante de la vida medieval que era la guerra.

Dentro del universo de la guerra medieval, no había algo más icónico, que la figura de los caballeros.

Los caballeros no solo eran una aspiración a seguir para todo joven y todo hombre, ni eran tan solo el amor platónico de toda plebeya e inclusive de muchas princesas quienes admiraban en un hombre cualidades como valentía; nobleza; inteligencia y sobretodo, ante todas las cosas lealtad. Virtudes perdidas en la mayoría del sexo masculino hoy en día.

La vida de un caballero no comenzaba en un campo de batalla liderando una legendaria carga en protección del reino y de su gente, sino que comenzaba de niños cuando sus padres les enviaban a los doce años a vivir en casa de otro señor feudal donde aprenderían a ser escuderos para después poder el gran paso y convertirse en la figura ideal que mantenía a la sociedad en orden y a salvo.

Un escudero, era el ayudante de un caballero,  quien se encargaba de mantener las armas en perfecto estado; los caballos herrados, peinados y bañados; y quien cargaba con los escudos, lanzas y hachas en los largos tramos que tenían que cruzar los caballeros cada vez que iban en campaña al servicio del rey.

Al momento de la batalla, el escudero entregaba al caballero su caballo de guerra y guardaba a la yegua – las yeguas eran utilizadas para montarse a todo momento menos en la batalla cuando se utilizaba al caballo de guerra- además de dar el arma que se necesitaría para la operación necesaria en el momento, armas que por lo general era una larga lanza y un hacha lo suficientemente filosa para cortar una cabeza sin fricción alguna. Lo único del arsenal del caballero que nunca se le permitía tener al escudero era la espada, una espada que tenía cada una su nombre grabado en el metal de la misma y que se entregaba de generación en generación, haciendo solo menores reparos para mantenerse por un herrero sumamente exclusivo. Era esta espada lo que impulsaba al escudero a seguir adelante en los momentos más difíciles de la contienda. Una espada que sería otorgada cuando el momento llegara por su propio padre.

El ver todo esto puesto en una figura en un museo, en medio de cuatro estructuras metálicas, fue algo muy emotivo.

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