Ojalá Dr. House existiera de verdad

Hay veces que la realidad es mucho peor que la ficción. Por lo menos en las películas, series, libros o cómics podrían ser parte de un final feliz o tienen héroes que los ayudarán a resolver sus problemas, pero ese no es mi caso. Hace ya más de cinco meses me detectaron algunas deficiencias en mi cuerpo, lo que está acabando conmigo lentamente; sin embargo, no saben lo que me pasa, ninguna enfermedad encaja, según me dicen. Ya han tratado de contrarrestar todos mis problemas con pastillas, intravenosas, jarabes y demás menjurjes que no me hacen ni bien, ni mal. Por eso, hay días en los que desearía que el doctor Gregory House fuera una persona de verdad, que pudiera ir a visitarlo para que logre decirme lo que tengo, pero sólo existe en la televisión y en los DVD’s, así que debo aceptar mi triste y dolorosa realidad.

Al principio me recetaron medicamentos, ya que creían que sólo era una infección, pues mis síntomas parecían ser muy comunes. Pero éstos no tuvieron efecto alguno y volví a ir al hospital. Los médicos me dieron una segunda ronda de medicinas, ya un poco más fuertes, pero el resultado fue el mismo, nada. Fue entonces cuando comenzaron a extrañarse, por lo que me mandaron a hacerme una biometría hemática para saber cómo estaban mis glóbulos y otros aspectos de mi sangre. Todo parecía normal, pero yo iba adquiriendo un síntoma nuevo cada cierto tiempo, aun así, eso no les daba ningún indicio de lo que tenía. Me hacían más y más estudios de sangre, pero todo parecía normal. Nada estaba fuera de los rangos de normalidad, por lo que los doctores se extrañaban de mis síntomas, incluso uno que otro llegó a pensar que los fingía. Pero no puedo fingir que me sangre la nariz cada hora, que orine a cada rato, que me den punzadas en el abdomen, unas son tan fuertes que me doblan del dolor.

Entraba y salía del hospital, donde me realizaban estudios de todo tipo. Me metían a máquinas gigantes que podían ver a través de mi cuerpo, veían mis huesos y órganos. Cerebro, pulmones, costillas, hígado, cráneo, todo. Pero nada sobresalía, según sus estudios yo estaba sano y no había nada raro en mi cuerpo. Comenzaba a frustrarme, la desesperación se apoderó de mí y a veces ya quería tirar la toalla. Si debía morir, lo aceptaba, pero ya quería dejar de sufrir. Mi vida ya no era la misma, ya no había rutinas, todo era esperar un nuevo síntoma… o la muerte. Lo que me mantenía vivo era adentrarme en mis pensamientos e imaginar que algún día conocería un Dr. House que, junto a su equipo, me harían tratamientos y estudios, hasta que su mejor amigo, el buen doctor Wilson, lo ayude a tener una epifanía para que descubra lo que tengo y decirme si voy a vivir o no, si hay un tratamiento o no. Otras veces el final es que es un simple virus que no supieron atacar y que era de los más fácil erradicar, sólo que se escondía de la vista de todos. Pero sólo son sueños y debo aceptar mi realidad.

¿Por qué odian tanto a los jefes?

Ya es muy común en nuestros tiempos que los miembros de una organización grande sientan aversión por lo altos mandos, incluso llegan a tal grado de expresar su odio. Me cuentan mis padres que en el pasado, los jefes eran personas admiradas por su esfuerzo para llegar al puesto en el que están, por sus conocimientos y por el trato que tenían hacia sus empleados. Pero eso ha cambiado. Por eso hoy quiero mencionar algunos puntos, basados en mi experiencia en empresas y trabajando por mi cuenta en un coworking space, qué hacen que odiemos a nuestros jefes y los cuales, en su mayoría, son aspectos que ellos mismo deben cambiar. Otros pocos corren por cuenta nuestra y el que se me ocurre en este instante son los celos, ya que queremos estar en ese puesto pero no lo conseguimos, por lo que despreciamos todo lo que haga nuestro superior, sea bueno o malo, todo nos generará odio y debemos cambiar esa mentalidad.

Comencemos diciendo que muchos de los jefes de ahora dejaron de ser líderes. Al estar en un puesto alto sienten que están por encima de todos y que todos deben trabajar para ellos, por lo que sólo se dedican a dar órdenes y esperar resultados, cuando lo ideal sería que demuestren con el ejemplo lo que se debe hacer, enseñarle a los que están a su cargo, para que en un futuro estén preparados para tomar su puesto, si es que quieren crecer y no quedarse en el mismo lugar. Porque sucede que cuando llegan a un puesto de jefe, creen que es su límite y se conforman, lo que llega a generar sentimientos de poder que no son nada sanos y se desquitan con los que los rodean.

Otro aspecto que nos hace odiar a nuestros jefes es cuando sabemos que ellos consiguieron el puesto porque tienen contactos dentro de la empresa o, peor aún, familiares, quienes fueron ellos los que les consiguieron un alto puesto sin empezar desde abajo como todos los demás. No siempre que un familiar recibe un puesto alto significa que no sabe, pues tuve la experiencia de que el dueño de una empresa donde trabajé por un par de años le negó un puesto gerencial a su propio hijo, incluso le dijo que se fuera a trabajar a otras empresas, que aprendiera y cuando se sintiera listo volviera. Trabajó en grandes corporativos, llegando a ser CEO y fue cuando decidió volver a tomar las riendas de su legado. Así sí se ganan nuestro respeto, pero si sólo fue por dedazo, nunca lo van a respetar hasta que demuestre lo contrario.

Por último, los jefes que sólo se dedican a regañar por los errores o las fallas que cada uno de sus empleados tiene serán de los más odiados, sobre todo porque son aquellos que creen que si las cosas salen bien es normal y no se dan tiempo para felicitar a sus empleados, quienes son generalmente los que hacen las cosas bien, pero es el jefe el que se lleva las palmas, según porque es él quien los guía, cuando no siempre es así. Una palmadita en la espalda, un reconocimiento por su albor o darle las gracias cuando haga algo bien, significa mucho para los empleados.

La primera vez que me perdí en un mercado

No recuerdo muchas experiencias de mi niñez, pero hay una que me marcó de por vida y, lamentablemente, no es nada buena. Cuando tenía unos siete años acompañé a mi madre a un mercado que está cerca de la casa, como lo había hecho infinidad de veces. Pero esa vez fue diferente, pues mi mamá decidió que era tiempo de que comenzar a soltarme la correa, así que me pidió que fuera a comprar pollo. Creí que me sabía de memoria el mercado o que, al menos, lo conocía, pero solo y con mucha gente a tu alrededor gritando y empujándose, todo se transforma y deja de ser el lugar que conocías bajo el amparo de tu progenitora.

Fui recorriendo los pasillos, evitando chocar con las personas y evadiendo a los vendedores que iban cargando grandes cajas sobre sus diablitos, escuchaba los gritos que venían de los puestos y de la gente pidiendo un kilo de manzana, dos de zanahoria y una bolsita de verduras cortadas. Volteaba a todos lados, ya asustado, pues creía que estaba perdido. Ya no lograba ubicar el pasillo del señor de los pollos, ni siquiera podía ubicar dónde estaba y en qué pasillo había dejado a mi mamá. Ese sentimiento de no saber qué hacer, de sentirte en peligro y de no querer que nadie te ayude por temor a que te fuera a robar es una sensación que no quiero volver a experimentar.

Pasaron alrededor de 15 minutos cuando decidí sentarme bajo el mostrador de un puesto, con el dinero del pollo en la mano y las rodillas entre los brazos, como formando un ovillo. Las lágrimas me escurrían a cántaros y el sentimiento se apoderó de mí, comencé a aspirar aire, como cuando estás trabado. Había gente que se me quedaba viendo pero seguía su camino, otras que me preguntaban si estaba bien, pero yo me negaba a responderles y ocultaba mi rostro, así que volvían a sus cosas. De pronto, una voz familiar se me acercó y me dijo: ¿Qué haces ahí, no te dije que fueras a comprar el pollo? Era mi mamá, quien me había encontrado y no parecía preocuparle que yo estuviera en un mar de lágrimas, pero para mí fue una heroína que vino en mi rescate, así que corrí a abrazarla y ella me recibió entre sus brazos, después de alejó un poco y me metió un buen zape. Resulta que ya estaba cerca de la pollería, sólo me falta un pasillo más, pero me ganó la desesperación.

Les cuento esta historia porque ahora me da risa y sé que me enseñó a prestar atención a cada lugar que voy, para que no me volviera a pasar. Además me ayudó a que cada que salgo con mis hijos, los dejo guiarme a través de los mercados o en el súper, para que ellos puedan reconocer su entorno. Además no quiero ser como las personas que compran sus artículos en aplicaciones o visitan la mercería online con tal de que sus hijos no se pierdan en los lugares concurridos.